Los duelos en la madurez

09/04/2018

Autor: 

Alfonso Sáez de Ibarra, psicólogo clínico del Hospital Aita Menni

Como continuación al abordaje del duelo en mis anteriores artículos (Entender el duelo y Tratamiento del duelo) quisiera profundizar en otra dimensión del concepto de duelo que convive con nosotros.

Tal y como decía en los textos anteriores, en contra de la creencia común, el duelo no sólo hace referencia a la muerte de una persona querida sino a cualquier pérdida en general, como objetos, relaciones, estatus e incluso de valores y creencias personales. La clave para entender el duelo es entenderlo como la pérdida de cualquier vínculo que nos resultaba gratificante. Estos vínculos también pueden ser variados: intelectuales (cuando intercambiamos conocimientos, datos, objetivos), emocionales (en la familia y pareja intercambiamos sentimientos, motivaciones) o incluso en el pensamiento (dedicar energía imaginando, planificando o fantaseando con algún proyecto futuro). 

Nuestros 'mapas internos'

Dado que no podemos vivir en la permanente vivencia de incertidumbre ante situaciones distintas o constantemente nuevas, necesitamos clasificar, categorizar, abstraer conclusiones generales del mundo; de sus normas, reglas y dinámicas, para así poder economizar nuestras energías y ser capaz de resolver en menos tiempo toda la variedad de problemas que nos encontramos, tanto a nivel objetivo como relacional. Estos modos básicos de funcionar, leyes y categorizaciones funcionan a modo de ‘mapas internos’ que, al igual que los mapas geográficos o de carreteras, nos guían en la ruta más adecuada para cumplimentar nuestro ‘viaje’ de la vida, facilitándonos la llegada a nuestros objetivos. Al igual que con los mapas geográficos o los navegadores, si dispongo de un mapa inexacto, incompleto, equivocado o elaborado sin medidas objetivas, la posibilidad de errar en mi trayecto aumenta y finalmente se dificulta sobremanera llegar a mi ‘destino’. 

Pues bien, estos ‘mapas internos’, se trazan según un conjunto de creencias o ‘leyes’ que nos sirven para entender, predecir y comportarnos en los diversos ámbitos donde nos movemos (familia, amistades, relaciones amorosas, trabajo, etc.). Pero ¿de dónde salen?, ¿qué pasa cuando el mapa lo ‘pinta’ un niño? o ¿si quien nos cuenta su mapa ‘no tiene bien graduada la vista’ y por tanto no ha captado correctamente lo que ha vivido? ¿Qué sucede si los mapas de las zonas que no conocemos nos los cuenta alguien que no tiene la capacidad de explicarnos bien lo que ha vivido? ¿Qué pasa si nos habla de una montaña un niño que se ha criado en un lugar desértico?, ¿sería verde el color de la montaña que nos describe?

Pensamiento infantil y pensamiento adulto

Nacemos con una serie de mapas básicos, que constituyen nuestro repertorio de instintos, que nos sirven para funcionar de forma primaria. Una característica muy importante de estos mapas es que se van modificando ‘sobre la marcha’ en función de nuestras experiencias y aprendizajes, tanto directos (nuestras vivencias) como indirectos (relatos que nos cuentan los demás sobre las zonas del mapa que no conocemos).

En la primera infancia percibimos el mundo sobre todo a través de impresiones puramente emocionales, que no podemos guardar en la memoria como lo hacemos en la vida adulta: emoción + pensamiento que lo explique. El motivo es que el sistema nervioso no madura hasta unos años más tarde. Así, vamos guardando emociones de una manera poco explícita, sin muchos apoyos racionales y sin el encuadre lógico que permita entender lo que hemos vivido.  Por ejemplo, sentimos celos porque nuestra madre hace más caso a nuestro hermanito pequeño y nos sentimos abandonados por ella sin poder entender que antes nos cuidó a nosotros de la misma manera. Grabamos entonces impresiones y sensaciones emocionales de lo vivido, aunque aplicamos unos filtros racionales poco elaborados y poco precisos, de forma que muchas veces estas impresiones son pobres o incluso equivocadas. 

La distorsión de los mapas

En la infancia elaboramos nuestro primer mapa interno de la realidad. Y recordemos que el pensamiento infantil tiene una serie de características diferentes del pensamiento adulto. Si a esto le añadimos que son nuestros padres quienes nos describen las partes del mapa que aún no hemos experimentado y que la imagen con que los elaboramos está muy influenciada por sus propios mapas internos (a su vez, elaborados inicialmente en su primera infancia y por tanto, diseñados con sus propias distorsiones) podemos ser conscientes de la inexactitud de dichos mapas.

Por tanto, nuestro mapa interno está repleto de conceptos básicos -como amor, padre, madre, hermanos, envidia, celos, etc.- que se definen en una gran parte con emociones y en menor medida mediante conceptos racionales pobremente elaborados. Por ejemplo, en edades tempranas aprendemos el concepto de ‘hombre’, de forma muy mezclada y ligada a nuestro propio padre, primer hombre que conocimos en nuestra infancia. Por eso vamos elaborando conceptos muy emocionales sobre el mundo, que posteriormente vamos rellenando de matices más racionales, es decir, los vamos 'racionalizando'. Pero no olvidemos que, al estar el concepto de origen tan teñido de emociones primitivas, estas tienden a ser poco elaboradas, y a ser extremas, sencillas y claras, para lo bueno y para lo malo. Este es el origen de la idealización de los conceptos ‘amor absoluto’, ‘entrega incondicional’, ‘el bien’, ‘el mal’.

En la juventud estamos pletóricos de energía, física y psíquica, vivimos ‘emborrachados’ de nuestra capacidad y hacemos planes para cambiar el mundo 'porque puede ser mucho mejor de lo que es'. Nos embarcamos en el camino para conseguir nuestros ‘ideales’, que como su nombre indica, están idealizados, basados en lo que debería ser, nos gustaría que fuera o podría ser. Inevitablemente, estos ideales se construyen sobre los mapas internos de la infancia, basados en experiencias y conocimientos previos. Así, las situaciones que vivimos se vinculan fácilmente a emociones "que ya hemos sentido en alguna ocasión”, en esas experiencias primarias de la infancia, y construimos un concepto como el del ‘amor ideal’, que tendrá que ver con ese "amor incondicional de nuestra madre, que adivinaba nuestras necesidades incluso sin necesidad de expresarlas". Así sucede con muchos otros conceptos como la lealtad, lo bueno, lo malo, el deber, etc.

Y durante unos cuantos años gastamos energía en cambiar el mundo sin temor al agotamiento. Pero el tiempo va pasando, de forma que las experiencias nos confrontan con diversos acontecimientos y sucesos que nos muestran cómo es la vida en realidad. A lo largo de la juventud-madura vamos recibiendo decepciones, sobre las instituciones, las personas, los grupos o los conceptos de nuestro mapa interno. A pesar de ello, al no haber abandonado nuestro ‘mapa ideal, todavía interpretamos que son ‘malfuncionamientos’, excepciones a la norma, errores de lo que no funciona bien, de modo que nuestro proyecto vital (resumido en el mapa interno) no sufre mella alguna, persistiendo inalterado a pesar de esas excepciones que sólo lo confirman.

Cuestionamiento de nuestros mapas internos 

¿Qué pasa sin embargo en la madurez? Que son tantas y tan abrumadoras las decepciones que vamos acumulando que, finalmente, no podemos negar la evidencia y se nos viene abajo el modelo del mundo de nuestros mapas internos. Estos cuestionamientos pueden referirse a diversos aspectos: amigos, pareja, Gobierno, partidos políticos, la sociedad, la religión, la justicia… Cuando solo algunos se ven alterados, hablamos de pequeñas crisis. Pero cuando se generaliza el cuestionamiento de nuestros mapas internos, descubrimos que nuestros pensamientos nos remiten, de una u otra forma, al DUELO por excelencia: el DUELO POR LA PROPIA NATURALEZA DEL SER HUMANO.

Duelo porque pensamos que el ser humano es así y no solo la persona que nos ha frustrado. Dolor porque llegamos a pensar que la mayoría de los seres humanos en esa circunstancia podrían haberse comportado así, e incluso yo también, porque el ser humano tiene una naturaleza y unas tendencias comunes.

El proceso del duelo de nuestros ideales puede ser frustrante y la rabia puede acompañarnos. Además puede ser triste. El ser humano no es como habíamos pensado, no es como lo habíamos imaginado y creíamos haber ‘ratificado’ durante años. Descubrimos que ese ser humano, en quien tanto confiábamos, tiende a funcionar de unas formas menos altruistas, generosas y honestas de lo que pensábamos.

La influencia de las emociones infantiles

Y la explicación no es necesariamente la maldad del ser humano. En realidad podemos descubrir que gran parte de nuestro comportamiento en realidad está guiado por esas reacciones emocionales que escapan en parte a nuestro control consciente, por estar más ligadas a las primeras relaciones y emociones que aprendimos en nuestra primera infancia, en nuestra familia, y que han fundamentado esos mapas internos de los que hablábamos. El ser humano está mucho más influenciado por sus experiencias y emociones infantiles de lo que somos capaces de reconocer (todavía nos creemos seres puramente racionales y poco emocionales, cuando resulta más acertada la visión exactamente opuesta). 

Aprendimos a amar y a sentirnos amados por primera vez en la infancia, con y por nuestros padres y hermanos. También ahí aprendimos el primer desamor.

Cada vez que vivimos un pequeño conflicto emocional que se parece siquiera lejanamente a otro similar se disparan con frecuencia reacciones emocionales desproporcionadas a la situación actual, pero que rememoran y actualizan los mapas internos elaborados en la infancia. Y si continuamos buscando una razón para ello, con frecuencia fracasamos en la interpretación correcta de la situación o articulamos soluciones que en realidad no solucionan el conflicto que se encuentra en la base.

Paralelamente y también en contra de lo que creíamos, descubrimos que los seres humanos tendemos al ahorro de la ‘energía psíquica’, a no cambiar nuestros comportamientos por una simple cuestión de eficiencia. Nos negamos a cambiar, no por fastidiar o por vagancia o “porque no me quiere”, sino que tendemos a conservar más energía y poderla emplear en muchas otras cosas, eludiendo los cambios de forma natural. Esto nos lleva a descubrir que somos ‘conservadores’ a nivel emocional, porque cualquier cambio genera un gasto energético mayor y  tendemos a desecharlo como primera opción. Esto nos permite entender por qué, aunque las cosas podrían ser mejores, no lo son a pesar de nuestros argumentos racionales para convencer a los demás de los beneficios de  cambiarlas. En definitiva, es muy difícil que consigamos cambiar y que los demás se muevan de donde están, en cualquier dirección.

Finalmente, una conclusión importante derivada de lo expuesto es que hay muy pocas cosas que dependan solo de mí. La mayoría dependen también de otras personas, no solo de que yo quiera hacer sino también de que el resto quiera que cambien en la misma dirección. Y esto es muy difícil que ocurra, aunque sea doloroso darse cuenta de ello. Así, cuando pretendo cambiar las cosas o cambiar a los demás generalmente fracaso, siento frustración y posiblemente rabia, que me llena y me corroe, aunque quizás también me ‘emborrache’ porque me da energía para seguir viviendo y evita que termine en la tristeza (acuérdate que hablamos de duelo), que nos aterra aún más que el odio.

Y ¿cuál es entonces el camino de la salud emocional? El camino sanador de este proceso es tomar contacto con el duelo del ser humano; no con los duelos individuales de las personas que me encontré en la edad joven-madura y me decepcionaron, sino de la propia naturaleza del ser humano, la que tiende a ser así, a la que tendemos yo y todos (también mi padre, mi madre, mis hermanos, mis amigos, mi pareja, mis vecinos, mis jefes). Aceptar esta naturaleza compartida, resituarme en mis verdaderas necesidades emocionales y en las de los demás. Aceptar al otro con sus propias necesidades y renunciar a la interpretación egocéntrica de que los demás me quieren hacer daño cuando no me dan lo que les pido. Aceptar la responsabilidad de mi propia felicidad y cuidado, respetando la propia autonomía de los demás, que no tienen obligación de hacerme feliz a mí, sino a ellos mismos.

Terminar finalmente redefiniendo el concepto, indudablemente más autónomo de la autorrealización personal, que NO RADICA EN CONSEGUIR CAMBIAR EL MUNDO, sino en LA SATISFACCIÓN DE HABER INTENTADO HACERLO, HABIENDO PUESTO EL GRANITO DE ARENA, QUE CADA UNO SÍ TIENE LA CAPACIDAD DE COLOCAR, EN EL PROCESO DE HACER UN MUNDO MEJOR.