Entender el duelo y su tratamiento (1)

06/07/2016

Autor: Alfonso Sáez de Ibarra, psicólogo clínico del Hospital Aita Menni

PRIMERA PARTE: ENTENDER EL DUELO

El paradigma del duelo se asocia normalmente al período posterior a la muerte de alguien. Podríamos entenderlo como una situación transitoria relacionada con los sentimientos vinculados a dicha pérdida y el aprendizaje de una nueva manera de vivir sin la persona fallecida.

En muchas ocasiones es la primera vez  que nos enfrentamos a esta situación. Con frecuencia se trata del fallecimiento de personas a quienes hemos estado vinculados durante mucho tiempo (padres, hermanas/os, pareja, hijas/os). Puede que incluso toda nuestra vida se haya organizado en torno a esa persona querida, que pasáramos mucho tiempo con ella o incluso que hubiéramos renunciado a parcelas propias de nuestra vida para volcarnos en una vida en común con esta persona que ahora ha desaparecido. 

Pequeños duelos

Sin embargo, a lo largo de nuestra existencia hacemos muchos duelos y no sólo cuando alguien cercano fallece. El proceso de la vida es un proceso continuado de apertura a nuevas experiencias pero también de pérdidas o fases que terminan y se cierran. El aprendizaje a vivir estos pequeños duelos también nos capacita para poder afrontar saludablemente los duelos más importantes de nuestras vidas. Desde niños aprendemos a hacer pequeños duelos, que normalmente se van haciendo más complejos a medida que crecemos. Si nuestros padres no nos dan esa oportunidad (por ejemplo cuando se muere un pececillo y nos compran otro exactamente igual para que no nos demos cuenta y no lloremos), nos están privando de este aprendizaje progresivo a tolerar la tristeza y la pérdida.

También en la vida nos enfrentamos a pérdidas que no lo parecen (frustraciones), cuando “perdemos” algo que no hemos llegado nunca a tener o conseguir. Por ejemplo cuando pensamos en un proyecto, un plan, una ilusión referente a diversos aspectos de la vida (profesional, tener hijos, una casa, casarnos, el tipo de persona con la que nos gustaría estar, un coche, ir a Nueva York, etc.) le dedicamos tiempo pensando, buscando, informándonos, preguntando, charlando, compartiendo y haciendo esfuerzos de diverso tipo para lograr encaminar nuestra vida en esa dirección. Cuando las circunstancias vitales cambian, puede ser a nivel económico (tengo que emplear dinero en algo imprevisto), vivencial (tengo que dedicar más tiempo de lo previsto al trabajo o al cuidado de alguien) o circunstancial (me cambian de lugar, horario, puesto de trabajo) nos encontramos con que no podemos concluir los proyectos iniciados, a los que habíamos dedicado una cantidad de energía. En esos momentos tenemos que paralizar temporalmente dichos proyecto o incluso tenemos que renunciar indefinida o definitivamente a ellos.

La relación con el mundo

Para entender el proceso de duelo, es fundamental entender cómo establecemos relaciones con el mundo, con las personas y los objetos.

Debemos explicar, en primer lugar, que las relaciones o vínculos que establecemos no se basan sólo en lo que las cosas o personas nos dan o son, sino que mayoritariamente  están constituidas por la imagen interna que tenemos de ellas. Así, me puedo relacionar con cosas que en mí representan mucho más que la propia utilidad del objeto, esa imagen o representación interna por mí elaborada de ese objeto de mi amor, que es con la que en realidad me relaciono. Es una imagen cargada o investida de muchos más significados y que para mí transciende su realidad objetiva. Por ejemplo, una taza de desayuno es un objeto de utilidad obvia, como así la puede ver alguien que viene a mi casa a visitarnos; pero la taza de desayuno que compré en París cuando viajé por primera vez con mi pareja significa mucho más para mí que algo que me permite desayunar por las mañanas o que es de un color que me agrada; cada vez que la uso con un poco de serenidad y consciencia, a la vez empleo un poco de energía psíquica en forma de recuerdos, afectos e incluso ensoñaciones, si por ejemplo imagino que volveré allí con mis hijos algún día.

Este proceso lo hacemos desde nuestra infancia, de forma que vamos confiriendo de valor a muchos objetos, lugares y personas de nuestra vida. Vamos elaborando un mapa de la realidad configurado con multitud de representaciones internas de esa realidad externa con la que nos relacionamos. Pienso que ese mapa obedece a una fotografía objetiva de la realidad, pero en realidad está teñida, bañada, pintada de todas esas impresiones emocionales, pasadas o futuras, que me suscita dicha realidad por ser yo como soy o haber tenido las experiencias que he tenido con dichos objetos, lugares o personas.

Una forma muy habitual de elaborar dichas representaciones es asignarles cualidades que parecen estar presentes, que en realidad deseamos que estén presentes y con frecuencia idealizamos dichos objetos de amor: el primer ejemplo obvio que idealizamos es nuestra madre y nuestro padre.

En segundo lugar podemos explicar que las relaciones con todo objeto suponen una inversión de energía psíquica en forma de atención, pensamientos, imaginación, tiempo que dedico a hacerlo, etc. Cuando hago ese gasto me estoy desprendiendo de una parte de la energía psíquica propia y por tanto me vacío un poco y noto que me falta algo. Esa parte que me falta me hace sentirme incompleto y me mueve (es la motivación) a intentar llenarlo a través de la acción: por ejemplo planificaré el viaje a París donde compré la taza anteriormente, ahorraré el dinero correspondiente y lo haré. Cuando voy de nuevo, me alimento y recupero aquella energía que inicialmente perdí. Ahora bien, esa energía que me vuelve no es exactamente la misma, sino que está transformada porque la obtengo de otras personas o lugares que no son yo mismo; de esta manera crezco tanto en cantidad como en cualidad. He aprendido, me he enriquecido.

Este proceso es mucho más intenso y rico cuando las relaciones las establecemos con otras personas. Les doy parte de mis pensamientos, tiempo, fantasías y comportamientos pero me vuelven sus comportamientos, pensamientos y tiempo transformados en energía enriquecida por su punto de vista. Grosso modo es nuestro proceso de crecimiento personal a través de la relación con el mundo y las personas. 

Señalar que por el contrario, cuando una persona no invierte su energía en relacionarse con nada o nadie de su entorno, la persona no crece y con el tiempo decrece, pues se centra y enzarza en el universo de sí mismo. Finalmente se amarga y muere, al menos emocionalmente. Por eso el que se entrega a los demás crece y el que se defiende de los demás, el que los teme, el que teme perder cosas y las guarda, el egoísta, se acaba amargando y poco a poco destruyendo.

Energía psíquica

A la luz de lo explicado, el duelo ahora podemos describirlo como ese proceso de pérdida o ausencia de esa energía psíquica de la que nos habíamos vaciado y habíamos invertido en el proyecto o persona que ya no regresa. Entonces  empezamos a sentir el vacío, la sensación de que algo nos falta. Como nos hemos desecho de algo que era nuestro, que ahora nos falta, nos sentimos incompletos y aparece la tristeza por esa parte propia que hemos perdido. Cuando estamos en duelo pensamos en lo perdido pero también en la parte nuestra que hemos perdido. Lloro por el otro y también por mí, porque estoy incompleto y dudo de si en un futuro seré capaz de llenar ese hueco que ha quedado vacante.

A lo largo del proceso de duelo vamos asumiendo que no vamos a poder rellenar el hueco con la misma fuente de energía que antes. Evidentemente esta es una metáfora cuantitativa, dado que los “agujeros” que nos quedan, no sólo se componen de una cantidad de energía, sino que tienen una pequeña “forma”. Así, nunca un objeto perdido puede ser sustituido plena y exactamente por otro, aunque llegue a cubrir su espacio globalmente.

El duelo ante el fallecimiento de una persona cercana ha sido muy estudiado y es una de las situaciones más duras y difíciles de afrontar, especialmente si va “contra natura”, como cuando el cadáver está desaparecido en el mar o no se ha identificado el cuerpo o unos padres entierran a un hijo. Parece que el más difícil es cuando un hijo se suicida.

Fases del proceso

El duelo es un proceso progresivo en el que las diversas etapas nos permiten ir cerrando “la herida psíquica” e ir aprendiendo a vivir redireccionando esa energía que solía dedicar al “objeto” perdido y que ahora ya no me vuelve rellenando y enriqueciendo mi mundo psíquico.

Las fases del duelo (negación, ira, tristeza, negociación y aceptación) me van permitiendo renunciar a esa fuente de satisfacción y crecimiento.

  • En la fase de la NEGACIÓN, el psiquismo está confuso y tiene dificultades para pensar en la desaparición de la persona como algo que realmente ha ocurrido.
  • En la fase de IRA, la persona reacciona con rabia ante la pérdida, muchas veces hacia quien ha causado la muerte o hacia quien no supo prevenirla o incluso hacia uno mismo,  que se cuestiona si no pudo haber hecho algo más (es la culpa).
  • En la fase de TRISTEZA, la persona experimenta predominantemente el vacío de la persona ausente y la desesperanza de que no va a recuperar nunca lo que ha perdido.
  • En la fase de NEGOCIACIÓN, la persona se plantea posibilidades de seguir viviendo de otra manera, en ausencia del fallecido.
  • En la fase de ACEPTACIÓN, la persona comienza a vivir de otra manera diferente a como lo había hecho hasta entonces, pudiendo incorporar nuevas relaciones y fuentes de gratificación para llenar parte del vacío dejado por la persona fallecida.

No siempre se pasa claramente por todas las fases descritas y en ocasiones se solapan entre ellas. Por ejemplo la tristeza puede estar presente siempre en mayor o menor medida, pero se hace más o menos consciente en un momento concreto.

Pasar por todas estas fases es normal y no presupone una enfermedad o proceso patológico alguno.

SEGUNDA PARTE: TRATAMIENTO DEL DUELO

Tristeza y depresión. ¿Cuándo hace falta tratamiento para el duelo? ¿Cómo se aborda el tratamiento psicológico? ¿Y si es necesario tratamiento psiquiátrico? De estos y otros temas hablaremos ampliamente en una posterior entrega