Entender el duelo y su tratamiento (2)

08/09/2016

Autor: Alfonso Sáez de Ibarra, psicólogo clínico del Hospital Aita Menni

SEGUNDA PARTE: TRATAMIENTO DEL DUELO

Como se apuntaba en la primera parte, el duelo más conocido es el que vivimos tras la muerte de alguien y en él experimentamos un “dolor” asociado a dicha pérdida. Para acompañar este proceso, todas las culturas desarrollan rituales que lo facilitan desde un punto de vista social, permitiendo que el entorno entienda los comportamientos derivados del mismo y favoreciendo espacios y momentos para apoyar a la persona “doliente”. En nuestra sociedad, sin embargo, cada vez son menos habituales estos ritos. Nos hallamos inmersos en una tendencia a negar la realidad de la muerte, de nuestra propia muerte, cuya toma de conciencia  genera un cierto grado de angustia. La muerte se oculta, se circunscribe a los hospitales para no verla en casa, incluso se suprimen los funerales, atribuyéndoles un mero papel de “convención social”. Podríamos afirmar que la sociedad actual camina en una dirección hedonista muy marcada, es decir, de acercamiento a lo que nos proporciona placer y alejamiento de todo lo que nos genera malestar.

Es verdad que las Ciencias de la Salud han avanzado en el tratamiento de las enfermedades y en el alivio del sufrimiento como prioridad. ¿Para qué sufrir si no es necesario? El dolor, nos dice la Medicina, es un síntoma que nos ayuda a localizar e identificar la enfermedad; una vez cumplida esa función es gratuito y se pretende aliviarlo a toda costa. Pero esta filosofía, válida para el sufrimiento físico, no es del todo trasladable al “dolor emocional”.

En el psiquismo humano, el dolor por la pérdida de alguien que se produce en el duelo supone un elemento dinamizador del psiquismo que permite atravesar las fases del duelo (negación, ira, tristeza, negociación y aceptación) con éxito. Al final de este proceso, el psiquismo aprende a vivir de otra manera en ausencia de la persona fallecida, con nuevos recursos personales que implican, por tanto, un proceso de crecimiento y aprendizaje vital.

Pero esa tendencia del ser humano de búsqueda del placer (hedonismo) nos lleva a veces a recurrir de manera desproporcionada a estrategias de evitación del sufrimiento. Por ejemplo, no pensar en ningún momento en ello (“no quiero hablar de ello”), no hablar con nadie del tema (“no quiero hacer sufrir a otros con mis problemas”), estar permanentemente ocupado en otra cosa (“me vuelco en el trabajo y nada más”) o tomar medicación en exceso (“si estoy dormido, no sufro y nada me importa”).

El estudio del psiquismo nos revela, sin embargo, que recurrir desproporcionadamente a estas estrategias impide aprender a tolerar la frustración, la tristeza o a manejar la rabia. Corremos el riesgo de no aprender a vivir con ese dolor y así no poder adaptarnos a la nueva situación. Hay estudios epidemiológicos que apuntan como uno de los factores explicativos del incremento de suicidios en las sociedades modernas precisamente la facilidad en conseguirlo todo y, por tanto, la cada vez menor capacidad para tolerar las frustraciones. Personas que a lo largo de su vida han obtenido fácil y rápidamente las cosas, acumulan historial de éxitos y logros personales y profesionales. Cuando se enfrentan a una gran pérdida, no pueden tolerar la frustración, la tristeza  y la desesperanza que supone, y acaban optando por “terminar con todo”.

El duelo como respuesta normal

Cuando una persona está en duelo experimenta un malestar que se manifiesta en diversas alteraciones comportamentales. Es normal estar afectado y ver alterada nuestra vida, pero mientras estas interferencias no sean graves, no se pueden considerar “síntomas” de enfermedad. Por ejemplo, dormir menos que lo habitual, tener menos ganas de hacer cosas, tener ganas de llorar, emocionarse más frecuentemente, estar irritable, pensar en morirse para reunirse con quien ha fallecido en alguna ocasión, confundir por la calle a alguien con ella o incluso creer haber escuchado su voz en casa de forma ocasional, son reacciones consideradas normales en el proceso de duelo. Esta persona NO está enferma. NO tiene síntomas. Está TRISTE, pero no DEPRIMIDA. Tiene REACCIONES NORMALES A CIRCUNSTANCIAS POCO HABITUALES.

Normalmente los duelos se superan aplicando nuevas estrategias de funcionamiento que no habíamos puesto en práctica anteriormente. Ponemos entonces en marcha recursos personales que nos permiten afrontar situaciones nuevas o desconocidas y lo hacemos también con el apoyo de personas de nuestro círculo social y familiar. Es positivo aprender a vivir en esta nueva situación abordándola con los recursos personales propios como vía para regresar a la salud y al crecimiento personal.

Cuánto dura un duelo

Se habla de plazos en torno a un año o año y medio, pero a la mayoría de las personas que han pasado por esta circunstancia refieren que esta cifra se les queda corta. ¿Por qué entonces se habla de un año? Porque el primer año de ausencia del fallecido es el período más difícil; cada fecha del calendario a la que nos enfrentamos a partir de la muerte de la persona querida, es una ocasión nueva en la que la echamos de menos, y no sabemos vivirla sin la persona fallecida (cumpleaños, aniversarios, festividades familiares, acontecimientos significativos que ocurren). Este dolor sin embargo se va amortiguando a partir del segundo año, en que podemos recordar cómo afrontamos, al menos una vez, dicha fecha o acontecimiento solos o apoyados en otros recursos propios sin el fallecido.

¿Es necesario tratamiento para el duelo?

El ser humano ha vivido toda su historia sin tratamientos para los duelos. Los ha vivido apoyándose en su entorno familiar y social, y desarrollando mecanismos propios de adaptación progresiva a la nueva situación. Pero si valoramos este sufrimiento como “insoportable” corremos entonces el riesgo de querer “aliviar a cualquier precio” este dolor recurriendo a todos los medios posibles. Corremos entonces el riesgo de perder autonomía y pasar a depender de los tratamientos para superarlo, cuando no siempre es necesario; es el riesgo de “psiquiatrizar” y “psicologizar” los sufrimientos propios de la vida.

El proceso de duelo es normal o no, dependiendo del grado de desajuste que genere (síntomas) y del tiempo que dure (evolución). Así, hay síntomas cuya aparición nos alerta de estar desarrollando una depresión (ideación suicida, encamamiento, aislamiento social, llanto continuado, etc.) y otras veces las reacciones se estancan y no evolucionan suficientemente con el tiempo.

Cuando estas alteraciones en nuestro comportamiento no remiten de manera suficiente con el tiempo (insomnio, pesadillas, llanto incoercible, etc.) puede ser necesaria la ayuda puntual (por ejemplo de un fármaco para dormir) o bien articular tratamientos más específicos si aparece, por ejemplo una depresión (que es distinta de la tristeza, normal en todo duelo). Hablamos de los tratamientos psicofarmacológicos y psicoterapéuticos.

Tipos de tratamiento para el duelo complicado

En la mayor parte de los trastornos mentales, los tratamientos combinados, psiquiátricos y psicoterapéuticos son los más eficaces. En el caso de los duelos complicados o congelados, también.

La medicación aporta la mitigación de los principales síntomas (angustia, depresión) mejorando los procesos mentales y de comportamiento. La psicoterapia permite elaborar más conscientemente la pérdida en relación a la propia historia vital y los valores propios, ayudando además en la búsqueda de recursos personales autónomos para afrontar la pérdida y facilitando el paso por las anteriormente mencionadas fases del duelo, hasta llegar a la restauración del estado de salud mental.

En ocasiones, la sola toma de medicación permite que la persona encuentre por sí sola los recursos personales necesarios para superar el duelo. En otras ocasiones, la psicoterapia exclusivamente permite a la persona integrar la pérdida de forma suficiente para que los síntomas remitan.

Qué tratamiento instaurar en cada momento y con qué frecuencia es una valoración individualizada que corresponde realizar al profesional en cada momento.